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jueves, 22 de enero de 2015

RAYUELA, de Julio Cortázar

Aunque escribí recientemente sobre Cortázar, se me pregunta por qué no he reseñado aún Rayuela, la mejor novela sobre París que se ha escrito en castellano hasta la fecha. Pues es verdad. ¿Y qué digo? Sublime, experimental, desafiante, arriesgada, impecable, desconcertante, perfecta, osada, inteligente, brutal, demoledora, realista, surrealista, magnífica.... ¡grande por donde se la mire!
Rayuela se puede leer en línea recta o a "salto mata", según sugiere el propio autor. Tanto da. Yo escojo siempre la opción de Cortázar, que para eso concibió el juego a su gusto y antojo: para desafiar al lector. Y él mismo lo dice:
"La novela no es la que va colocando los personajes en situación, sino la que instala la situación en los personajes. Así es como los personajes se vuelven personas."
Y añade:
"...usar la novela como se usa un revólver..."
No podría estar más de acuerdo.
El experimento estilístico y nacarado que supone Rayuela marca la diferencia tácita e incuestionable entre escribir y hacer literatura. En la literatura contemporánea hay, es innegable, un antes y un después de Rayuela. Es un hecho, es justo y necesario reconocerlo. Lo bueno es que el novelista-autor-poeta-intrigante genio nos lo dice a la cara en sus páginas:
"Me pregunto si alguna vez conseguiré hacer sentir que el verdadero y único personaje que me interesa es el lector, en la medida en que algo de lo que escribo debería contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo."
Objetivo conseguido, San Julio: nadie se queda igual que era tras navegar por las páginas de Rayuela. En ella la narrativa cortazariana sirve de pretexto para la transmisión de un mensaje coagulante de vivencias. Y así es como se escribe la literatura, claro que sí. ¡Magistral!
Esta obra, que contiene algunas escenas impagables, como la descarada descripción del acto sexual en su capítulo 68, escrita a base de gíglicos desternillantes, o la hilarante escena de la pianista desconcertada que multiplagia a los clásicos y no logra entender el rechazo del público asistente (todo un canto y una burla a la egolatría artística). El maravilloso y sutil tacto con el que el autor inventa palabras que se justifican por sí mismas ("lo que mucha gente llama amor consiste en elegir una mujer y casarse con ella. Yo creo que es al VESRE.")
Cortázar, don Julio, San Julio, riza el rizo y se eclipsa a sí mismo con una maestría que tiene a París por centro y excusa, a la bohemia latinopudiente que pudo permitirse disfrutar de un pre y post mayo del 68 que luego explotaron como genuino y propio, y que no deja de ser una idílica metaficción de la realidad concomitante con tantas otras realidades que los por siempre beneficiarios de la beca familiar acomodada jamás conocieron porque no iba con ellos.
Cortázar no engaña, no renuncia a sí mismo (como hicieron tantos otros, muchos de ellos españoles); es realista, consecuente y sincero. El autor nos descubre los entresijos de un ocio latente y perpetuo en sus personajes (sus protagonistas no trabajan, se pasan la novela disertando sobre el jazz, bebiendo vodka, frustrándose sexualmente y pontificando sobre creatividades varias). Y se identifica con ellos. ¡Y se justifica a sí mismo!
... y persuade, y convence...
Genial. Sencillamente genial. La falsa progresía de los mágicos y edulcorados personajes de Rayuela conforman un universo amorfo bajo la lluvia de París que centrifuga toda idoneidad y hace liturgia del ocio reivindicndo la justificación del intelectual burgués cuyos méritos económicos no le permiten un nivel de vida equiparable al que podría ostentar en la tierra patria.
Rayuela es también un máster en europeísmo, un retorno a la cultura origen reivindicada en los tiempos de los hoy anacrónicos discursos del pasado. Un eufemismo de páginas y caracteres que desafía, pliego tras pliego, oración tras oración, palabra tras palabra, al propio castellano y pone en evidencia que desde Latinoamérica nos es devuelto un idioma otorgado en depósito con un enriquecimiento léxico y etimológico al infinito por ciento T.A.E., el cual sobrepasa al lector español.
Si a la paradoja entrañable de la vivencia propia le añadimos la observación, el desencanto, el desafío y la metáfora estilística, amén de las florituras imposibles que nos son regaladas página tras página, no podemos llegar a otra conclusión que la evidente: estamos ante una obra maestra irrenunciable. Por mucho menos otros ganaron el Premio Nobel. Pocos han podido, pudieron y podrán superar al juguetón Cortázar, al que imagino todavía hoy, cigarrillo prendido en mano, perpetrando la desconcertante obra que medio siglo después todavía nos seguiría pareciendo magistral e insuperable. El asombro de la belleza: eso es Rayuela.
Faltan adjetivos para elogiar la obra. Ha de nacer otro Cortázar que los invente para hacer justicia al primero, que supo encontrar el maldito y demoníaco medio de abducir al lector y encima lo justificó dentro de su novela: "La lectura genuina abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al autor". Impagable honestidad e impagable desparpajo. Sublime. Excelso. Impecable.
Rayuela nos demuestra en el tiempo que el castellano es un arma de primerísima potencia, que está vivo y que merece la pena seguir luchando por él.
Cortázar, siempre San Julio.