VISITAS HASTA HOY:

jueves, 3 de marzo de 2016

REFLEXIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN DE LOS MIEDOS ATÁVICOS

El demonio no siempre ha sido rojo, con cuernos y tridente. De hecho, hubo dos demonios simultáneos durante siglos: el rojo, que era más humanoide, forzudo y grandote, y el verde, entre reptiliano e insecto, con una cara muy grotesca y una constitución física más ágil, veloz y predatoria.
Sin embargo, hasta hace mil años el diablo no era ni verde ni rojo. Que sepamos, la primera representación que se hace de un diablo con garras y cuernos se remonta al siglo XII y la perpetra un monje llamado Hernán el Recluso. A lo largo del siglo XIII, el demonio va adquiriendo las alas, garras, su característico color rojo y los cuernos. A mediados del siglo XV los europeos adquieren ya una representación estereotipada. Los dos modelos de demonios, el verde y el rojo, conviven como convención hasta el siglo XVIII. Es a partir de la Revolución Francesa cuando la gente va perdiendo el miedo al demonio y éste se vuelve jocoso. La imagen de peligrosidad se desvanece y paulatinamente deja de inquietar. Sin duda, con las luces aparecen nuevos temores y se entiende que muchos de los terrores antiguos eran el resultado de la superstición. A partir del Romanticismo se empieza a hablar de gente brillante que tiene pactos con Lucifer. Se asocia el talento al demonio, es curioso. Un claro ejemplo nos lo ofrece el músico Paganini, cuyo virtuosismo y destreza le permitían hacer prodigios con el violín que nadie comprendía. Él mismo fomentaba su leyenda anunciándose como el Violinista del Diablo. Esta actitud condujo a que, a su muerte en 1840, las autoridades eclesiásticas se negasen a enterrarlo, permaneciendo su ataúd durante décadas en un almacén hasta que por fin se le dio sepultura en Parma en 1876.
En el plano de la iconografía moderna, tenemos, dentro del cine, una evolución que podríamos decir va desde el impresionismo alemán, que refleja demonios muy insertos en las tradiciones románticas y medievales, a una paulatina relajación de su imagen que podríamos incluso fechar. El Señor de las Tinieblas de LEGEND (1985) es la última representación hasta hoy de un demonio arquetípico en Occidente. En EL CORAZÓN DEL ÁNGEL (1987), el demonio es un señor elegante que se llama Lu Cypher, pero que por la calle todos confundiríamos con Robert de Niro. Una década después, Al Pacino se mete en el papel demoníaco y nos ofrece, en PACTAR CON EL DIABLO (1997) una imagen de un diablo con un estatus social tremendamente positivo, rodeado de todo tipo de placeres y con una profesión muy peculiar: abogado. El gran salto se da, para mí, con LA NOVENA PUERTA (1999), donde el demonio ya es directamente una chica guapísima, lo mismo que en AL DIABLO CON EL DIABLO (2000), donde ya Lucifer se mete de lleno en la comedia, aunque no tanto como el simpático demonio de la serie de dibujos animados POLLO Y VACA, también de los años 90). Pero ¿dónde quedaron las convenciones de aquel demonio medieval con garras, rojo o verde? ¿Se perdió? En absoluto. Ni tampoco en el cine: el extraterrestre de ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO (1979) reúne todas las características del diablo verde (garras, fauces, color, agilidad, aspecto de reptil...). Sin embargo, ya no es un demonio propiamente dicho, sino un extraterrestre: el disfraz de demonio queda para las despedidas de soltera, el carnaval y distintos muñecos infantiles o emoticonos. Satán se nos ha vuelto prescindible, le hemos perdido el miedo, y el atavismo ha ido hacia los extraterrestres.
Lo mismo sucede con los elfos, duendes y gnomos. Ese aspecto grotesco, ni bueno ni malo, incordiante, de nariz prominente, orejas grandotas y anatomías risibles que podríamos dividir en buenos cuando tienen rasgos humanizados e infantiloides y malos cuando su aspecto es calvo, de orejas muy puntiagudas, cuatro dedos en cada mano y extremidades muy delgadas. Ese arquetipo, digo, no se pierde: también evoluciona hacia los extraterrestres; hacia los grises, concretamente. 
¿O es que acaso los grises no son duendes? Yo creo que sí, que son una derivación del fenotipo clásico hacia una imagen más futurista, sin orejas ni pelo y con ojos enormes, pero que conservan el cuerpo huesudo y la macrocefalia. Un argumento a favor de esta afirmación la encontramos en 1311, cuando Alonso de Valladolid, en la Corte de Alfonso XII de Castilla, escribe el TRATADO CONTRA LAS HADAS (Biblioteca de El Escorial). En dicha obra, el sabio medieval ilustra al público acerca de determinados fenómenos y previene a las gentes contra magos de aspecto sospechoso que acechan en bosques, cuevas y grutas, donde secuestraban a personas y se las llevaban consigo para someterlas a pruebas físicas de encantamiento y experimentos alquímicos. ¿Estaba Alonso de Valladolid describiendo abducciones? En toda regla. Aunque la imagen del gris no se consolida en la cultura popular hasta la serie televisiva EXPEDIENTE X (1993) homogeneizando un arquetipo que todos reconocemos.
Dicho de otra manera, los demonios clásicos del medievo los hemos humanizado e integrado en la sociedad para perderles el miedo, hemos infantilizado sus rasgos para borrar de nuestra imaginación su peligrosidad y los hemos integrado en un folclore lúdico. Y la carga negativa de nuestros miedos atávicos, que permanecen invariables desde hace miles de años, la hemos trasladado hacia seres reptilianos o visitantes de dormitorio, que asumimos de origen extraterrestre porque, al adoptar una laicidad de pensamiento, le estamos dando la espalda a todos los paradigmas de entes positivos y negativos que la religión nos estuvo explicando durante siglos.