VISITAS HASTA HOY:

sábado, 27 de febrero de 2016

LOS REPTILIANOS: UN MITO MUY MODERNO

No es poca la literatura que gira en torno a que unos seres reptilianos procedentes de un ignoto mundo, el Planeta X o vaya usted a saber dónde, llegaron con sus naves espaciales a la Tierra, primero para explotar sus recursos naturales, después para perpetrar experimentos genéticos con los primeros homínidos y crear así al Homo Sapiens y, finalmente, para someternos y manejarnos a su albur. Afirman los eruditos del tema que en realidad somos sus esclavos, que ellos nos gobiernan en la sombra y que estamos a su merced. Eso y que es cuestión de tiempo que se manifiesten abiertamente para implantar el Nuevo Orden Mundial. Incluso no faltan quienes afirman que algunos ya están al frente del Fondo Monetario Internacional y del Club Bilderberg. Suelen estos seres inquietantes recibir el nombre de Anunnaki y consta que fueron los fundadores de las antiguas civilizaciones mesopotámicas. Según estos hachas de la Historiografía moderna, es tal la abundancia de pruebas irrefutables que sorprende que no nos hayamos percatado antes de su existencia, ya que templos acadios, asirios y babilónicos están cuajados de representaciones de seres antropomorfos de clarísimos rasgos reptiloides. Además, prueba de que se trata de un fenómeno global y garantizado es que en la antigua China ya se veneraba a los dragones, en la Creta Minoica había sacerdotisas que bailaban con reptiles en las manos, en el Ática hubo culto a ofidios... e incluso aztecas y mayas tenían dioses-serpiente.
Serpientes y más serpientes. Serpientes por todas partes, vaya. ¿Cómo explicar la omnipresencia de la veneración ofídica en todas las culturas si no? Bueno, en realidad hay dos explicaciones plausibles. La menos lógica es que las serpientes, por ser peligrosas, se asocian en cualquier cultura al mal (el diablo tentando a Eva). En cualquier cultura que las conozca, claro, porque los esquimales no las tienen en cuenta. Es un hecho etnológico que las sociedades siempre desplazarán la carga negativa de su repertorio de fobias hacia puntos y seres desagradables y, siendo evidente que a los mamíferos nos disgustan insectos y reptiles porque no pertenecen a nuestro orden animal y por eso generalmente no los comemos, no es raro que las serpientes ocupen un lugar inquietante en nuestros mitos. Otra explicación es la ya ofrecida de los Anunnaki, mucho más lógica al parecer.
Pero a poco que analicemos los entresijos del tema, el mito se desmorona como un azucarillo en agua. No, amigos, los reptilianos, que parece que siempre estuvieron ahí, no tienen ni cincuenta años de vida en nuestro repertorio de atavismos.
Sin embargo su verdadera historia es mucho más interesante que la oficial.
En 1855, unos científicos descubren en Norteamérica el fósil de un bicho muy inquietante que vivía alegremente entre dinosaurios, allá por el Cretácico superior. Era bípedo, como los velocirráptores; tenía visión frontal, como los mamíferos, y capacidad prensil con las extremidades superiores, como los homínidos. Pero es que además tenía plumas, como los pollos, y también garras poderosas, dientes afiladísimos, fortísimas patas traseras... ¡y dos metros de envergadura! Era el depredador perfecto. Lo llamaron Trodoon y entendieron que explicaría de algún modo que, grosso modo, las aves son descendientes de los dinosaurios.
Cada vez que el ser humano realiza hallazgos que solucionan sus lagunas de conocimiento, no es extraño que un grupo de intelectuales tomen las ideas subyacentes dentro de esos descubrimientos para desarrollar sus propias fantasías artísticas. Ocurrió con El origen de las especies de Darwin, que llenó la prensa londinense de monos tricotando, y también sucedió con el hallazgo el Trodoon. Cabe recordar que el XIX fue el siglo de los grandes avances científicos y que el maquinismo y los constantes descubrimientos en todos los campos inspiraron a artistas de toda índole, tanto en la nostalgia por tiempos más sencillos y legendarios (el Romanticismo) como en la ilusión por lo que el futuro nos podría deparar con la electricidad y sus posibilidades. Surge así El pueblo del polo, una novela de Charles Derennes muy en la línea de Julio Verne, que bebía de dos manantíos muy sugestivos. Igual que el aragonés Enrique Gaspar y Rimbau se adelantó a H.G. Wells en los viajes en el tiempo, Derennes hizo lo propio con respecto a Edgar Rice Burroughs en eso de inventarse inteligencias no humanas que interactuaban con el ser humano. Básicamente, su novela nos cuenta cómo una expedición llega al Polo Norte en dirigible y entra en contacto con una civilización de seres reptiloides que vivían allí escondidos bajo el hielo. La idea del viaje aerostático la tomó el francés de una expedición sueca fallida que había tenido lugar en 1897 y la de los reptiles evolucionados, del Trodoon norteamericano (si un dinosaurio había evolucionado hacia el ave, ¿podía otro dinosaurio evolucionar hacia un antropomorfo inteligente?).
Dale Russell retomó la idea a principios de los años 80 desde un punto de vista mucho más científico y se preguntó qué habría pasado con el Trodoon si no se hubiese extinguido y llegó a la hipótesis del Dinosauroide. El planteamiento no era en absoluto disparatado y fue revolucionario: la civilización no derivaría tanto de la capacidad de pensar como de la de manipular, construir o hacer cosas. Seres inteligentes como los delfines o las ballenas no han podido evolucionar hacia sociedades complejas porque una inteligencia sin bipedismo, visión frontal y capacidad prensil resta posibilidades. Sin embargo, si el saurio depredador que, al igual que el hombre, ya tenía mirada frontal y capacidad prensil, hubiese evolucionado unos millones de años más, ¿por qué no podría haber desarrollado su cerebro y evolucionado hacia un ser bípedo civilizado? 
Nuestro chovinismo antropomorfista no es caprichoso: somos el resultado de una lenta y perfecta evolución. Es cierto que para que a una inteligencia le demos un cierto valor, ésta tiene que ser parecida a nosotros porque sus especímenes tienen que adquirir nuestras cualidades de cazador-depredador. La vista frontal nos permite calcular distancias y sincronizar puntería y movimientos; el bipedismo nos deja libres las extremidades superiores; la capacidad prensil nos permite la sujección de objetos, pero también su manipulación. La lenta evolución que nos adapta al entorno ha de hacer el resto.
Fue tal el calado del planteamiento del doctor Russell, quien llegó a fomentar exposiciones en las que mostró al mundo unos saurios de estación vertical cazando y recolectando por las sabanas de África, que Hollywood no tardó en interesarse por sus teorías. Y de ahí salió la serie más inquietante de la historia de la televisión que vino a llenar una laguna cultural existente entre la sociología de los extraterrestres y la necesidad de que fuesen lo suficientemente distintos a nosotros como para plantear conflictos de intereses. La peligrosidad siempre radica en dos factores: una superioridad evidente, intelectual o tangible, y una diferencia física apreciable y terrorífica. V, con sus reptilianos altotecnológicos ocultándose bajo una apariencia humana para hacer de la Tierra una granja, acaparó todos los paradigmas culturales de la conspiración extraterrestre.
Sin duda, el éxito más notable de la creación de criaturas sobrenaturales del siglo XX fue esta serie. El reptilianismo creó, a partir de la misma, toda una tendencia que no existía en décadas anteriores salvo, acaso, por el libro arriba mencionado de Charles Derennes y quizás por otra novela de Edwar Bulwer Lytton, autor de Los últimos días de Pompeya, quien escribió La raza venidera, una obra con muchos tintes arios e hinduistas en la que una raza subterránea de reptilianos suplantaba al ser humano. De hecho, los autores de V se basaron en ambas novelas para evocar esa civilización de militares extraterrestres con estética nazi que venían a dominar la Tierra y a convertirnos en el ingrediente principal de sus Máster Chefs. La resaca sociológica de la Segunda Guerra Mundial (que todavía nos dura), la necesidad de buscar un nuevo y temible enemigo antropomorfo en la ficción (los extraterrestres convencionales de los 60 se habían vuelto hippies y sólo hablaban de paz y amor mientras nos prevenían sobre los peligros de la energía atómica) y nuestra monótona y previsible estructura de pensamiento hicieron el resto.
En breve hablaremos de la iconografía del mal y de cómo la acabamos desnatando siempre y por sistema. Sirva de anticipo afirmar aquí que el futuro inmediato de los reptilianos es, sin duda, convertirse en seres entrañables y divertidos como ya ha ocurrido con los demonios, los elfos y los alienígenas cabezones. Al tiempo.