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jueves, 11 de junio de 2015

JOSEF STALIN Y LOS HUMANCÉS

Los chimpancés son nuestros parientes más cercanos biológica y genéticamente hablando. El código genético entre ambas especies es prácticamente idéntico. De hecho, muchos expertos en taxonomía han planteado en diversas ocasiones la posibilidad de que el chimpancé pase a ser considerado del género homo. Y es que tan sólo dos cromosomas nos separan de este pariente tan cercano.
En el caso de los equinos, las mulas que nacen del cruce de un burro y un caballo se enfrentan a diferencias de muchísimos más cromosomas. También en el caso de las cebras cruzadas con burros: una cebra tiene 62 cromosomas y un burro 44, y sin embargo la hibridación es posible. Resulta obvio que, estando a tan sólo dos cromosomas de distancia, el híbrido entre un chimpancé y un humano ha de ser muchísimo más fácil de conseguir.
Resulta muy llamativa la tremenda propensión que han tenido siempre los dictadores hacia los proyectos más aberrantes y descabellados. En los años veinte, Josef Stalin se planteó reformar el Ejército Rojo y convertirlo en un cuerpo de superhombres. En algún sitio había leído que un chimpancé es cinco veces más fuerte que un humano y llegaron a su conocimiento los trabajos de un científico ruso llamado Ilya Ivanov, que fue uno de los pioneros de la inseminación artificial e iba por ahí dando conferencias sobre la posibilidad de hibridar humanos y chimpancés. Automáticamente, el loco dictador llamó a Ivanov y le dio unas instrucciones precisas: "Quiero un nuevo ser humano. Un ser humano invencible, insensible al dolor, resistente e indiferente a cualquier incomodidad. Que pueda comer cualquier alimento aunque sea de mala calidad. Quiero un nuevo súper soldado".
En 1926, el Politburó aprobó una dotación económica importantísima para que Ivanov organizara una expedición al África occidental con el fin de que llevase a cabo sus experimentos. Allí fue el científico con armas, hombres, exploradores, cazadores, guías y porteadores en lo que fue una de las mayores expediciones que se hayan hecho nunca. En su campamento hizo muchos experimentos: había capturado numerosas hembras de chimpancé a las que trató de inseminar con semen humano. No tuvo éxito, pero Stalin, obsesionado con el proyecto, le montó a Ivanov un laboratorio en Georgia con la última tecnología de la época.
Entonces Ivanov decidió llevar a cabo el proceso contrario: inseminar mujeres con semen de chimpancé. Decenas de voluntarias fueron tratadas durante los procesos de inseminación artificial que Ivanov dirigía. Se dice que ocasionalmente el científico permitió que dicha inseminación se intentase de forma natural. Todo con tal de conseguir sus objetivos y satisfacer al dictador.
Pero el tiempo pasaba y Stalin comenzó a impacientarse hasta que al final se hartó de esperar y deportó a Ivanov a un precioso gulag de Kazajistán donde moriría en 1932 a la edad de 61 años.
¿Fue éste el único intento de crear humancés? ¿Perteneció a esa época de caudillos locos que alentaban todo tipo de experimentos aberrantes? Nótese que la ocurrencia de Stalin tuvo lugar casi veinte años antes de que Mengele y otros realizaran sus atrocidades en los campos de exterminio nazis bajo el amparo de Hitler.
La duda nos lleva a tiempos mucho más recientes y a un personaje muy singular: Geoffrey Born. Este hombre trabajó para la CIA en el MK-Ultra: era el encargado de crear los famosos "asesinos programados", unos asesinos a los que se lavaba el cerebro, no sabían nada de su misión y se les podía activar con una palabra clave o una simple llamada telefónica. Pero lo que nos interesa de Born es que fue durante nada menos que 26 años el director del Centro Yerkes para la Investigación de los Primates, una instalación relativamente secreta de investigaciones avanzadas para el ejército de los Estados Unidos de la cual sabemos que se investigaba con gorilas y chimpancés; poco más. Del Centro Yerkes han surgido muchos rumores y leyendas, la mayoría disparatadas. Pero en el Sunday Times del 29 de agosto de 1976 apareció un artículo en el que se describían con minucioso detalle las intenciones del tal Geoffrey de crear un híbrido entre un ser humano y un gorila para utilizarlo como soldado de élite de los Estados Unidos. De esto hace casi 40 años y el Centro Yerkes todavía existe y está vinculado a diversas universidades. ¿Qué habrá sucedido en estas últimas cuatro décadas entre sus muros?
Pero ¿existió algún humancé entre nosotros o lo más parecido lo encontramos en Hollywood?
En 2012, en un santuario de animales donde acaban los simios que han pasado sus vidas explotados en circos y otros espectáculos lamentables falleció el candidato más idóneo para ser un humancé en toda regla: Oliver.
Oliver era un chimpancé que había sido comprado para un circo junto con otros ejemplares de su especie a unos tratantes de animales que los habían capturado en las selvas del Congo. Sus primeros dueños, propietarios de un circo, en seguida se dieron cuenta de que Oliver era distinto a los demás. Para empezar, carecía de vello facial. Además sufría de alopecia (una cosa que sólo nos pasa a los seres humanos). Y su comportamiento también era muy extraño.
Oliver fue exhibido por todo el mundo y se hizo muy famoso en los años 70. ¿Qué lo hacía tan especial? El hecho de que su comportamiento era demasiado humano. Siempre caminaba erguido: era bípedo. La primera ropa se la puso él: se la robó a sus dueños y se vistió como un ser humano. Poco a poco, conforme los dueños iban cogiendo confianza con él, le toleraban más cosas y Oliver se aficionó a ese tipo de cosas que no son propias de animales: empezó a fumar por propia voluntad, pedía café... Al principio le concedían sus caprichos, pero muy pronto él mismo se los procuraba: preparaba cócteles, cogía la cafetera, la ponía en el fuego, servía una taza, echaba azúcar y leche, se iba tranquilamente a su cuarto, se ponía la televisión y se sentaba en un sillón con su tacita de café y su cigarrillo a ver sus programas preferidos.
Fue precisamente por esa afinidad con los seres humanos por lo que Oliver fue cambiando de dueños. Tenía demasiadas similitudes en muchos aspectos y no todos sus propietarios supieron asimilar esas extravagancias. A algunos les daba realmente miedo: recordemos que un chimpancé es cinco veces más fuerte que un ser humano. Oliver era, por lo tanto, un ser que si te causaba inquietud te lo podía hacer pasar francamente mal.
Tras su fallecimiento, los análisis genéticos de Oliver arrojaron que había algo extraño, efectivamente, en él. Su ADN mitocondrial sufría una mutación que lo hacía extraordinariamente afín al ser humano. Poseía 47 cromosomas (uno más que los seres humanos y uno menos que los chimpancés normales). ¿Surgió Oliver por accidente? ¿Fue una mutación genética que no se volverá a repetir? ¿Descendía de algún especímen que había pasado en los años 20 por los experimentos del doctor Ilya Ivanov? Nadie lo sabe. Pero, de serlo, Oliver habría sido un humancé natural.
Lo que sobrecoge de toda esta historia es que muchas veces la realidad supera a la ficción y que los experimentos científicos amparados por extravagantes idearios pueden abocarnos por los más escabrosos senderos de nuestra propia historia. Tal vez la escena final de El planeta de los simios (cinta basada en una novela escrita por un espía francés, no lo olvidemos) no resulte tan irreal como pensamos y sí tan inquietante como la percibimos en su día.